Sí, ¡egos!

“Lo más sano para nosotros es apagar la luz (ella y yo).”

Siempre que la coincidencia nos abrazaba, nos dejábamos apaciguar por la calma de estar en uno; uno sobre el otro, o ya sea la posición que el viento quisiera, ese viento, un suspiro. Yo siempre me dejaba llevar, no por ella, sino por el tiempo, pues era yo quien decidía si ceder con ella o ceder sin mí. Un momento, dos personas, yo ya no te niego.

Todas esas consecuencias, como un día cualquiera; cualquiera, por no preguntar, por no pedir permiso, por no perdonarnos el intento, un día…cualquiera.

Ella, como yo, apagábamos la luz para no encontrarnos los motivos, mientras tanto los seguíamos buscando encima de cada uno de nosotros. Por si ella se bajaba, yo me le subía, los motivos nos sobraron, desde entonces aún guardo algunos. Y tantos eran los motivos, qué les daría algunos, pero prefiero regalarles envidia, después si quieren me la devuelven.

Yo no iba a escribir esto, a mí sólo me gusta apagar la luz. Si me preguntan ¿por qué? —con ella aprendí a brillar.—

la luz

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